Nos encontramos a la cabeza de la creación pero nuestras cualidades espirituales aun se encuentran en un estado latente. En nuestro retorno a la Unidad, poco a poco estamos empezando a despertar y a descubrir que el estado de separación y aislamiento, enraizado en lo material, sólo es una ilusión. Al principio, esta realización es de orden intelectual, se vive como una teoría o creencia, la cual se pone a prueba en las relaciones de pareja, en la amistad, en la unión familiar y social. Hasta que nos percatamos conscientemente que existen lazos de unión invisibles, descubrimos que nuestros actos, ya sean en pensamiento, emoción, palabra o acción afectan al todo como una unidad.

 

El símbolo primordial para nuestra esencia es la Luz, y esa luz se nos hace evidente a través del Sol, fuente de vida y conciencia para todo el sistema planetario y para el mundo. En la anatomía oculta del hombre, el Sol es el regente de todas la fuerzas espirituales que entran y salen del cuerpo sutil, es quien regula a los Santos Planetas Internos desde el centro del corazón.

 

El poder solar nos renueva y nos lleva a convertirnos en seres concientes de nuestra divinidad, ejerciendo plenamente nuestra herencia divina, la esencia del Padre. Esta madurez o plenitud es perpetua, siempre está en su máxima expresión y nunca decae o disminuye. Sin embargo, si negamos nuestro linaje luminoso sólo nos queda pobreza. Ya que sin los rayos luminosos del padre “Sol” nuestra miseria no sólo es física, sino espiritual.

 

La mayor pobreza espiritual reside en el deseo de recibir únicamente para nosotros mismos, ya que la luz nos atraviesa pero no se queda. Como en el espacio exterior, se mueve, viajando, expandiéndose, no hay forma de contenerla y por lo tanto no hay una vasija en la que pueda ser recibida y generar la resistencia interior que produzca la multiplicación de los rayos. Debemos reflejar la luz, “espejos” para la luz, así es como en verdad brillamos. Ya que todo lo que existe en el universo es luz, sin embargo, el deseo de recibir sólo para uno mismo es ocultamiento de la luz.

 

Oh! Gran Señor del Fuego del Mundo.

Radiación divina, fuente eterna de luz.

Tu eres el rostro brillante que custodia la vida.

Tu otorgas amor ilimitado a toda la existencia.

Tu moras en mi corazón y en mi mente.

En ti vivo, me muevo y tengo mi ser.

Concédeme tu fortaleza para servir a la luz

Haz de mi una rayo que penetre la oscuridad

y disipe todas las tinieblas.

Permíteme brillar y ver en tu rostro

A mi ser verdadero y eterno.

Amen